FESTIVAL DE LOS ESPANTAPÁJAROS

El Festival de los Espantapájaros en el Camino de las Mieles y los Guarapos nace en las veredas de Perdiguiz, La Mesa y Tibacota, en el municipio de Macanal, Boyacá, como una invitación al encuentro, la conversación y el intercambio de saberes entre generaciones. La propuesta parte de una idea sencilla: el territorio también es un lugar donde se aprende, se crea y se comparten conocimientos que han pasado de generación en generación.
En este camino se encuentran la comunidad campesina, los sabedores locales y los procesos comunitarios impulsados por la asociación de base comunitaria ECOVARAL, en diálogo con el espacio creativo intermedial Nodos Cacharreo_Lab. De esta articulación surge un espacio de experimentación donde las experiencias del campo dialogan con el arte, la tecnología y las prácticas de creación contemporánea, reconociendo los conocimientos, las historias y las formas de hacer propias del territorio.
Desde 2024, esta articulación ha dado lugar a diferentes laboratorios de creación e intercambio, en los que han participado sabedores locales, invitados de distintas áreas y miembros de la comunidad. Cada encuentro propicia conversaciones entre experiencias y conocimientos diversos, generando nuevas formas de relacionarse con el territorio y de construir colectivamente.
El Festival de los Espantapájaros no busca solamente producir un resultado artístico. Busca crear un espacio vivo de encuentro donde los saberes campesinos puedan dialogar con otros conocimientos, donde la memoria pueda conversar con la tecnología y donde cada participante tenga algo que aportar. En este intercambio, el territorio deja de ser solamente el lugar donde ocurre el festival y se convierte en parte activa de su creación.

Territorios en Expansión

Territorios en expansión
Territorios en expansión es uno de los intereses que ha ido tomando forma a partir de las prácticas desarrolladas en los laboratorios de creación. Allí, la conversación se convierte en una de las fuerzas que dinamizan los procesos comunitarios: una palabra lleva a otra, una historia despierta un recuerdo y una pregunta abre la posibilidad de mirar el territorio de otra manera.
En estos encuentros hemos aprendido que cada territorio trae consigo sus propias preguntas y que los espacios que habitamos pueden convertirse también en lugares para la praxis, el intercambio y la construcción colectiva de conocimientos. Por eso, caminar el territorio es parte fundamental del proceso. Recorrer sus montañas, sus quebradas, sus ríos y sus ecosistemas; transitar los caminos de herradura que todavía sobreviven al paso del tiempo; detenerse en una casa, en una finca o en un trapiche para escuchar lo que allí ocurre. Cada recorrido permite encontrar historias, reconocer saberes y descubrir que muchas veces el conocimiento está allí, esperando una conversación que lo haga aparecer.
En ese caminar comienzan a encontrarse los vecinos, las historias, los recuerdos y las memorias que habitan los territorios campesinos. El trapiche, la caña, el guarapo, la chicha, los encuentros culturales, las celebraciones, los favores y esas pequeñas formas de colaboración que sostienen la vida cotidiana se convierten en materias para la creación y el aprendizaje.
Así, lo que sucede en el campo deja de ser solamente una práctica cotidiana para convertirse también en una posibilidad de conocimiento. Una molienda puede ser una conversación sobre la memoria; preparar un guarapo puede abrir una pregunta sobre las formas de producción y de intercambio; recorrer un camino puede revelar historias que no aparecen en ningún mapa.
De esta manera, el territorio se convierte en aula, laboratorio y lugar de encuentro. Un espacio donde se aprende caminando, conversando, haciendo y compartiendo. Un aprendizaje que no ocurre únicamente dentro de un salón ni sigue una ruta previamente trazada, sino que se expande con cada persona, cada historia y cada lugar que entra en la conversación.
Son procesos de aprendizaje expandido: desde el territorio y para el territorio, donde todo puede convertirse en una oportunidad para aprender y donde, quizás, lo más importante no sea llegar a una respuesta definitiva, sino mantener abierta la conversación.

Bienvenidos al
Enredo

El enredo
En el campo, las historias no siempre llegan por el camino más corto. A veces se demoran en una conversa, se desvían por un rumor, aparecen mientras se intercambian semillas o vuelven a la memoria cuando alguien recuerda algo que parecía perdido. Así se va haciendo el enredo: una palabra llama a otra, una historia despierta un recuerdo y una persona termina contando aquello que llevaba años guardado.
Los abuelos cuentan. Los niños escuchan. Alguien recuerda el nombre de una semilla que ya casi nadie cultiva. Otro habla de un camino que dejó de aparecer en los mapas, pero que todavía existe entre los potreros. En las escuelas campesinas se aprende a leer y a escribir, pero también a reconocer los ciclos de la luna, el comportamiento de los animales, los tiempos de la siembra y esas pequeñas señales que el territorio entrega a quienes han aprendido a escucharlo.
Aquí la palabra tiene peso.
No es solamente una manera de comunicarnos. Es memoria, compromiso, consejo, relato y, muchas veces, resistencia. Una palabra dicha en comunidad puede abrir una conversación, reunir a los vecinos, recuperar una historia o defender aquello que parecía destinado al olvido. Por eso, conversar también puede ser una forma de acción política: una manera de reconocernos y de recordar que todavía tenemos algo que decir sobre el lugar que habitamos.
Pero no todo se conserva.
Hay historias que se fueron con quienes ya no están. Otras quedaron escondidas en una fotografía, en un objeto, en una receta, en una semilla guardada durante años o en la memoria de alguien que todavía sabe cómo comenzaba el relato. Algunas simplemente esperan que alguien pregunte.
Entonces recordar se convierte en una forma de caminar hacia atrás para poder seguir avanzando.
Volver sobre esas historias no significa encerrarlas en el pasado. Significa hacerlas circular nuevamente, ponerlas en conversación con el presente y permitir que cambien cuando encuentran otras voces. Porque una memoria que circula no permanece quieta: se mezcla, se contradice, se completa y, algunas veces, descubre algo que nadie había visto antes.
Y casi siempre terminamos alrededor del fogón.
Allí donde el agua hierve, la leña cruje y la cocina comienza a llenarse de olores. Allí donde una receta puede durar más que una conversación y donde preparar la comida también significa recordar. La cocina campesina es archivo, laboratorio y lugar de encuentro. Allí circulan sabores, secretos, remedios, historias y saberes que difícilmente cabrían en un libro.
También aparecen las ausencias.
Alguien menciona a quien ya no está. Una historia provoca una risa y otra deja un silencio largo sobre la mesa. Se recuerda lo que se fue, lo que cambió, lo que todavía duele. Pero incluso en ese silencio hay algo que permanece: la posibilidad de volver a hablar.
Una semilla pasa de una mano a otra.
Una receta encuentra otra receta.
Un recuerdo despierta una pregunta.
Y la pregunta vuelve a poner todo en movimiento.
Es entonces cuando entendemos que el enredo no es una confusión.
Es una forma de conexión.
Un tejido que crece sin pedir permiso, que no sigue una línea recta y que encuentra caminos allí donde parecía no haberlos. Como un rizoma, se extiende por debajo de la tierra y vuelve a aparecer en lugares inesperados. Una raíz se encuentra con otra, una voz se conecta con otra voz y una historia termina haciendo parte de muchas historias.
El enredo está en los caminos de herradura, en el intercambio de semillas, en los favores entre vecinos, en las conversaciones después de la molienda, en el café que se alarga porque todavía queda algo por contar. Está en la manera en que una comunidad se sostiene sin necesidad de tenerlo todo escrito.
Y quizás ahí está su fuerza.
Porque enredarse también es reconocerse. Es entender que nadie habita un territorio completamente solo, que nuestros recuerdos están hechos de otras voces y que nuestros saberes sobreviven porque alguien decidió compartirlos.
Por eso el enredo también es una práctica política y poética.
Una manera de juntar lo que parecía separado. De poner a conversar generaciones, memorias, semillas, caminos y preguntas. De hacer que el conocimiento circule sin dueño y que la palabra vuelva a ocupar un lugar en la construcción de lo común.
Seguimos entonces enredándonos.
Con las historias.
Con las personas.
Con el territorio.
Con aquello que todavía no sabemos.
Porque quizá una comunidad no se sostiene por tener todas las respuestas, sino por conservar la capacidad de encontrarse, de escucharse y de seguir pasando la palabra de una mano a otra.
Como una semilla.
Como una brasa.
Como un hilo que, cuando encuentra otro hilo, deja de ser solamente un hilo y empieza a convertirse en tejido.

Redes en Acción

Las redes
Las redes no siempre comienzan con un cable. Algunas comienzan con una conversación. Con alguien que llega, se sienta, escucha y termina contando una historia que lleva mucho tiempo esperando ser escuchada. Otras nacen de una semilla que cambia de manos, de un favor entre vecinos, de una pregunta que aparece mientras se camina por una vereda. Hay redes que se construyen lentamente, casi sin que nadie se dé cuenta, hasta que un día descubrimos que estamos conectados por algo que va mucho más allá de una reunión.
En estos caminos hemos encontrado amigos, colectivos, maestros, artistas, campesinos y personas que creen en la posibilidad de hacer las cosas de otra manera. Algunos han permanecido durante años; otros han llegado por un momento y después han seguido su propio camino. Algunos vienen a compartir lo que saben; otros llegan buscando aprender. Y están también quienes simplemente pasan, dejan una pregunta sobre la mesa y continúan caminando. Pero algo queda de cada encuentro: una palabra, una imagen, una idea, una amistad, una forma diferente de mirar.
Las palabras, como las semillas, necesitan tiempo para madurar.
Hay conversaciones que no terminan cuando se apagan las voces. Se quedan rondando, esperando otro momento para volver. Aparecen meses después en otro lugar, en otra conversación, frente a una nueva pregunta. El conocimiento también hace esos recorridos: se mueve de una persona a otra, cambia mientras circula y encuentra nuevos sentidos cuando se encuentra con otras experiencias.
Así lo hemos aprendido de muchos pueblos y comunidades que han construido sus propios modos de conocer. Observar, preguntar, escuchar, caminar, hacer memoria, volver sobre lo aprendido y compartirlo. No hay una línea recta. Hay recorridos, pausas, retornos y desvíos. El conocimiento no está quieto en un lugar esperando ser encontrado; camina con quienes lo hacen posible.
Por eso una red no está hecha solamente de conexiones. Está hecha de presencia.
De personas que sacan tiempo para escucharse. De quienes se encuentran después de meses y descubren que todavía hay algo pendiente por conversar. De comunidades que se reorganizan cuando las circunstancias lo exigen y encuentran, desde su propia autonomía, maneras de resolver, crear y cuidar. De colectivos que comparten herramientas, experiencias y preguntas sin necesidad de que exista siempre una institución que les diga por dónde empezar.
Quizás no exista una forma más fascinante de aprender que aprender haciendo.
Probar.
Equivocarse.
Volver a intentar.
Preguntar.
Desconfiar de lo que parecía evidente.
Descubrir que todavía no sabemos.
Y después compartir lo aprendido, porque un conocimiento que no circula corre el riesgo de quedarse solo.
Entonces las redes comienzan a reconocerse.
Una busca a otra.
Una pregunta encuentra otra pregunta.
Un territorio conversa con otro.
Una experiencia viaja.
Una práctica cambia de manos.
Una idea aparece en otro lugar y ya no sabemos exactamente de dónde vino.
Y eso está bien.
Porque las redes vivas no necesitan conservar intacto su origen para seguir creciendo.
Una conversación que comenzó en una vereda puede terminar resonando en una ciudad. Una práctica desarrollada en un laboratorio puede encontrar una nueva vida en una escuela. Una historia que parecía pequeña puede convertirse en una pregunta para toda una comunidad. Una persona puede llevar consigo algo aprendido en un territorio y, sin darse cuenta, sembrarlo en otro.
En ese movimiento aparece la acción colectiva.
En Colombia existen múltiples procesos comunitarios que construyen otras maneras de relacionarse con los territorios. Algunos lo hacen desde la pedagogía; otros desde el arte, la comunicación, la defensa del agua, el cuidado de los ecosistemas, la memoria, la cultura o la tecnología. Son acciones que nacen de necesidades concretas y que encuentran en la colaboración una manera de responder a ellas.
Muchas veces no comienzan con grandes presupuestos ni con grandes plataformas.
Comienzan con una mesa.
Con unas pocas personas.
Con una conversación.
Con la decisión de hacer algo juntos.
Y entonces sucede lo que sucede en toda red que está viva:
Conversamos.
Aprendemos.
Nos escuchamos.
Nos distanciamos.
Guardamos silencio.
Volvemos.
Caminamos.
Nos equivocamos.
Nos fortalecemos.
Creemos.
Indagamos.
Sospechamos.
Todo eso también es parte del proceso.
Porque una red no tiene que estar perfectamente organizada para funcionar. Se parece más a un territorio: tiene caminos principales y senderos escondidos, nudos, atajos, interrupciones y lugares donde algo vuelve a crecer después de haber desaparecido. Algunas conexiones se debilitan. Otras se transforman. Algunas parecen desaparecer y regresan años después en otro lugar, con otras personas y nuevas preguntas.
Hay redes que no necesitan estar conectadas todo el tiempo para seguir existiendo.
Basta con que algo permanezca.
Una memoria.
Una confianza.
Una pregunta.
Una deuda de conversación.
Una semilla guardada.
Una dirección escrita en un papel.
Una persona que todavía recuerda el camino.
Quizás por eso las redes son tan necesarias. No porque nos mantengan permanentemente conectados, sino porque nos recuerdan que no tenemos que hacerlo todo solos. Que también necesitamos de otros para comprender lo que hacemos. Que escuchar puede ser tan importante como hablar. Que compartir una herramienta puede ser tan significativo como compartir una historia.
Y que la autonomía no significa aislarse, sino tener la capacidad de construir con otros.
Las redes están ahí, aunque no siempre podamos verlas.
Se transforman.
Se desplazan.
Se interrumpen.
Se reactivan.
Cambian de manos.
Cambian de territorio.
Pero siguen dejando rastros.
Como una voz que pasa de una persona a otra.
Como una semilla que viaja entre veredas.
Como una historia que alguien recuerda muchos años después.
Como un camino que vuelve a aparecer cuando alguien decide caminarlo nuevamente.
Como un hilo que encuentra otro hilo y, sin pedir permiso, comienza a formar tejido.
Quizás una red sea eso: no estar unidos por una misma respuesta, sino permanecer conectados por la posibilidad de seguir preguntando juntos.
Y mientras exista esa posibilidad, la red seguirá creciendo.
A veces debajo de la tierra.
A veces alrededor de un fogón.
A veces en una escuela.
A veces entre cables.
A veces simplemente en la memoria de quienes todavía creen que encontrarse también es una manera de construir territorio.

Tecnologías sociales y descolonización del conocimiento

El Buen Vivir
—ese concepto que trasciende la mera supervivencia—